Las lecciones de Brasil

Jun 21 2014

La afición de La Sele

20 de junio. Fecha que ya debería oficialmente ser parte de la historia patria.

Sí, sé que suena como a un argumento de fan envenenado de La Sele. Pero esperen. Esto va mucho más allá de la celebración del triunfo, hoy, sobre Italia 1 a 0. Y no sólo porque hace 24 años exactos el once tricolor obtuviera otra victoria mundialista ante Suecia.

Lo histórico de este 20 de junio tiene muchas aristas.

Trabajo desde mi casa y vivo muy cerca de una escuela pública. Después de concluido el partido e iniciado el pandemónium nacional, dicha escuela se volvió un búnker de ruido, algarabía y júbilo. Me hace feliz el que por fin nuestra generación joven actual tuviera una celebración mundialista que puedan llamar como propia. Italia 90, con todo y el significado mitológico que ha tenido en nuestro imaginario nacional, pasó hace ya un cuarto de siglo y se nos estaba volviendo un lastre pesado, un traje deshilachado, una apología del estancamiento. Y en momentos donde lo menos que necesita este país es seguir estancado, la Selección Nacional versión Pinto y compañía nos ha regalado una necesaria y bienvenida bocanada de aire fresco, de rejuvenecimiento, de trajes nuevos, de poder en afirmativo. En hora buena.

Consideremos además que la Sele iba con todo en contra: metida por azares de destino en el llamado “grupo de la muerte”: Uruguay, Italia, Inglaterra. Todos ellos, previos campeones mundiales. Todos ellos organizadores de Copas del mundo. Todos ellos naciones más afortunadas en muchos sentidos que la nuestra. Las casas de apuestas no corrían a poner sus fichas en la tricolor. Se nos anticipaba con certeza matemática el ridículo y el desastre. Pero lo único que verdaderamente importa, al final, es lo que sucede en los 90 minutos reglamentarios.

Comparando lo que pasó hace 24 años con lo de hoy, veo que el fútbol costarricense no es más aquel de 1990 — y para mejor. Donde antaño prevalecía la fuerza bruta y la chiripa, hoy vemos técnica y maestría. Jorge Luis Pinto conoce a fondo las piezas de su ajedrez, y las coordina con elegancia y destreza dignas de los mejores equipos mundiales. Los resultados están a la vista en el tiempo de posesión del balón, en cientos de intentos certeros al marco, y en los goles que nos han dado —repitiendo la hazaña de aquel estate italiano— el pase a octavos de final, con la posibilidad, esta vez, de superar esta marca y avanzar hasta donde sea posible llegar. Porque de esto se trata realmente la hazaña — de poder superarse a sí mismos. Superar al pasado. Superar los propios miedos y prejuicios.

Y dicho esto, nada me haría definitivamente más feliz y realizado como costarricense que este impulso de creérsela, de ponerle con todo, de no temer a nada… no se nos quede sólo en el fútbol y en la fuente de la Hispanidad. Estamos presenciando en una cancha mundialista lecciones de vida que aplican perfectamente a cualquier cosa que hagamos, no importa a lo que nos dediquemos, de donde venimos o a donde vamos. En vez de cumplir con lo mínimo en el trabajo, ir a por la milla extra; celebrar la superación en vez de perdonar la mediocridad; tener al cielo por límite en vez de no ver más allá de nuestras narices; ir a cazar las oportunidades en vez de esperar que nos las sirvan en bandeja. Lo estamos viendo. ¿Cuándo lo aplicamos?

A la hora de un partido de fútbol, son once jugadores contra otros once en igualdad de condiciones físicas y tácticas. El rival no son cyborgs ni extraterrestres, sino otros seres humanos enfrentándose a los mismos escollos, dificultades y reglas de un partido. ¿Qué marca, entonces, la diferencia? Ese es el punto que conviene observar y analizar. Ganar la Copa, o un puesto importante en ella, debe ser el sueño guajiro de muchos futbolistas. Me pongo por caso; mi “cancha” actual, por así decirlo, es el mundo del trabajo de autor  independiente. Mi sueño siempre ha sido vivir de mis habilidades sin tener un jefe encima. Estoy compitiendo de tú a tú con muchos otros profesionales no sólo en este país sino también con el resto del mundo. El “partido” no está siendo nada fácil. Nada que valga la pena en esta vida lo es. Pero ahí es justo donde me toca ser ágil, inteligente, incansable y diestro en mis acciones y estrategias para alcanzar, si lo hago bien, las metas que me he planteado. Así como en el fútbol, en nuestras metas. En la vida.

¿Qué tan lejos podríamos llegar como personas, como país, si aplicáramos a nuestra vida diaria las lecciones que nos está deparando nuestra Selección?

* * *

Lectura adicional recomendada: Costa Rica hace historia contra Italia, de Víctor Alba de La Vega y que hace eco de mucho de lo que escribo aquí.

 

Sí se pudo...

Créditos de foto superior:ameliarueda.com

 

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La era de Luis Guillermo Solís (II)

May 07 2014

Bandera de Costa Rica

El post anterior surgido al calor de la victoria presidencial de la figura inesperada de Luis Guillermo Solís definía cómo me sentía al respecto en este momento. Hoy, ya a las puertas de que inicie formalmente su mandato, quería dejar registro del país que tenemos actualmente y ver si, a la vuelta de los próximos cuatro años, tendremos a cambio un país al menos ligeramente distinto. Los 1.300.000 votantes que pusieron a Solís en la silla de Zapote no esperan menos.

La administración saliente nos deja un país cascarón; que por fuera parece brillar para turistas e inversionistas (bueno, ya no tanto) pero por dentro está innegablemente podrido en lo político. La confianza y prosperidad del Estado ha sido ultrajada, abusada y violada sistemáticamente a lo largo de tres décadas por impresentables bipartidistas de traje, corbata y apellidos rimbombantes que se les olvidó que llegaron a servir y terminaron en vez sirviéndose con cuchara grande. Sí, han habido grandes aperturas comerciales, más flujo de capital comparado con lo que teníamos en la década de 1980. Con eso, deberíamos estar mejor — pero no lo estamos. Se han privatizado las ganancias y socializado las pérdidas.

Los zapatos presidenciales siempre le quedaron muy grandes a doña Laura Chinchilla. Gobiernos inclinados definitiva y descaradamente a proteger los intereses del gran capital más que al pueblo que los eligió y al que se debían. Tenemos una red vial colapsada y avergonzante, mal remendada a punta de puentes Bailey, sólo apta para suicidas; así como un sistema estatal en un todo dominado por la corrupción, la burocracia sin sentido y la imposibilidad institucionalizada, cosas que le hacen dudar a cualquiera de impulsar un emprendimiento serio en el país sin el temor de perder hacha, calabaza y miel. Un país que nadie sabe para dónde va… que no sea como el tango gardeliano, cuesta abajo.

Esto no podía —no puede— seguir así. Somos muchos quienes desde hace mucho tiempo atrás nos hemos hartado de la mediocridad  como estandarte nacional, del nadadito de perro, de la máquina de impedir en que se ha convertido el Estado costarricense.

Hay que reconocer que el gobierno de Luis Guillermo tiene la voluntad, y a la vez la obligación, de aplicar el freno de mano a todo este desmadre y a la mayor brevedad posible. Hemos aprendido que los grandes atestados académicos no garantizan la idoneidad de una persona en un cargo público — ahí tenemos de muestra la larga lista de ladronazos con títulos de universidades gringas y europeas que han pasado por el Gobierno en los últimos veinte, treinta años—. Ahora como nunca antes preferimos la honradez real a la de pose, el hacer al hablar,  lo bueno a lo perfecto. Sin embargo, don Luis no la va a tener fácil. Muchos de los beneficiados del antiguo esquema bipartidista, dueños del gran capital y de buena parte de los medios de producción, ciegos en su egoísmo individualista, harán lo imposible por entrabar las cosas defendiendo sus intereses privados. Y en esto, creo, valdrá oro ese espíritu conciliante, ecuánime y negociador que hasta ahora ha caracterizado al ex profesor de la UCR. Después de todo, una máxima tica no escrita es aquella de que hablando se entiende la gente. 

Una crónica del diario El País —excelente, por lo demás— nos etiqueta como un país “raro” por preferir los pájaros a los soldados. Pero a la vez esa “rareza” es lo que nos ha caracterizado y moldeado (para bien y mal a la vez) nuestro carácter país tan sui géneris. No somos de cambios radicales, ni de buscar conflictos con otros vecinos. Pero a la vez, creo yo, esa misma filosofía de vida resumida brillantemente en el pura vida también se ha prestado para que oportunistas y vivazos de aquí y de más allá vengan a hacer de las suyas, sabiendo que poco —si acaso— les va a suceder como consecuencia. Dice mi mamá, citando supuestamente a la Biblia: “Dios nos quiere mansos como palomas pero a la vez astutos como serpientes”. Como que va siendo hora y momento histórico de dejar de ser tan palomitas, por nuestro propio bien.

Es probable que en los muy anticipados “primeros 1oo días de gobierno” ninguna administración va a ser tan escrutinada, juzgada, analizada, y criticada en la historia del país como va a ser la del presidente entrante. El listón de las expectativas ha sido colgado muy alto y eso va a pesar bastante. Sin embargo don Luis Guillermo —quien ha descartado desde ya postularse para una reelección— ya ha dicho que no viene a hacer milagros, sino a enderezar el timón y a “limpiar la casa” para que las próximas administraciones, ojalá, prosigan con la labor de devolver al país a los índices de prosperidad y progreso que lo caracterizaron en el pasado. Ya solo con eso el país tendría mucho ganado.

Muchos podremos discrepar de cómo se logre esto, pero al punto en que estamos, lo importante es ver ya algo moverse, organizarse, progresar, surgir. Han sido demasiados años de impedimento y ataduras. Ya nos merecemos algo mejor.

 Fuente de foto: Foro de Costa Rica

 

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La era de Luis Guillermo Solís

Apr 05 2014

lgs-nacion

Después de un larguísimo proceso electoral que incluyó segunda ronda, el próximo domingo 6 de abril se confirmará lo que ya se veía venir desde al menos un par de meses y más aún desde que su rival tiró públicamente la toalla: El catedrático Luis Guillermo Solís, candidato del PAC, se hará por evidente mayoría con la Presidencia de la República.

Pensar en otra posibilidad, siquiera remota, es desconocer la realidad de los hechos. La paciencia de los ticos con el bipartidismo y el anquilosamiento del poder de un ya de por sí impopular y autodesprestigiado PLN terminó —por fin— de derramar el vaso, y el pueblo les va a pasar la factura. Como persona, yo veo en don Luis Guillermo un candidato muy sui géneris a la usanza y gusto del costarricense: Conciliador, carismático, sin tendencias radicales, sin oratoria incendiaria sino más bien académica y reposada, y sobre todo una persona natural y accesible, sin poses clasistas ni estiramientos afectados. Tiene las cualidades para ser un estadista al estilo de José Figueres y muchos ven en él por esa misma razón la personificación de una nueva Edad de Oro costarricense, aludiendo a los “años buenos” entre las décadas de 1950 y 1970, cuando el país tenía indicadores económicos y sociales bastante estables y además fue la época dorada del Estado Benefactor y centralista, ideal que seguirá en pie bajo el mandato del partido próximamente gobernante a pesar del contexto globalizado en que hoy vivimos.

Hasta ahí, digamos, todo bien con Luis Guillermo. Sin embargo, para algunos nos es preocupante que un candidato que ha hecho de la conciliación y el diálogo su estandarte y carta de presentación no haya sido muy capaz de utilizar estas herramientas dentro de su propio partido. Pongo por caso lo que acontece con el infaltable líder, fundador y caudillo del PAC, Ottón Solís. Mientras Luis Guillermo y su equipo buscan negociar diferencias con tirios y troyanos en temas tan espinosos como el del empleo, las zonas francas y el plan fiscal, el fundador del partido y —agregan los más cínicos— el poder detrás de la silla presidencial, declara a los cuatro vientos una opinión distinta del asunto poniendo al candidato presidencial a correr, apagar incendios y desfacer el entuerto. Y si éste es un síntoma de cómo van a ser las cosas a lo interno del PAC durante los próximos cuatro años, ofreciendo señales ambiguas y con opiniones contradictorias entre los mismos líderes, va a ser muy difícil pretender que en esa disfonía de criterios pueda darse el cambio real que tanto esperan los ciudadanos.

También conviene ser realista; he visto muchas manifestaciones de mascaradas, desfiles con perritos y demás demostraciones corrongas que le encantan a la gente y que sin duda han logrado crear una empatía sin igual con don Luis Guillermo. Sin embargo, arreglar la problemática nacional que se ha ido acumulando durante las últimas tres décadas no se resuelve con payasos ni mascaradas ni buenas intenciones. Es más, cuatro años no van a dar para hacer el Gran Milagro que esperan muchos compatriotas y me temo por eso mismo que no pocos terminen decepcionados ante el divorcio de las expectativas versus la realidad posible (no somos un caso único; algo similar ocurrió con el gane de Barack Obama en EEUU en el 2009). Costa Rica es como una lancha en alta mar que se ha ido llenado de huecos en el casco y, para no hundirse, se ha visto forzada a achicar el agua con una sola y mísera taza de café. Tal es el volumen de la complejidad que se le viene al gobierno entrante.

Sin embargo, si no alcanzara el período presidencial de don Luis más que para “limpiar  la casa”, devolver la decencia a la política nacional y trazar el camino para las decisiones correctas que necesitamos tomar, sería aún así un cuatrenio infinitamente más provechoso y beneficioso para el país que las tres últimas décadas de administraciones anteriores. Aunque cómo lograr todo esto sin tocar un pelo de un Estado elefantiásico y grandemente ocioso, con privilegios e ingresos extremamente dispares en comparación con el sector privado que sostiene la economía nacional, es un enigma que no soy capaz de procesar ni razonar. Ni tampoco puede hacerlo el analista liberal JC Hidalgo, quien igual escribe sobre esta inquietud con más respaldo y sesudez de lo que yo podría hacerlo jamás.

Igual, ya a estas alturas donde todo en mi opinión ya está decidido, honestamente le deseo lo mejor a don Luis Guillermo y su equipo, y que las interrogantes que he escrito en este post y que no son solo mías sino también de muchos otros se vayan aclarando con el tiempo, ojalá a la mayor brevedad. Costa Rica, a pesar casi que de sí misma, sigue siendo un país único y maravilloso, y de lo que ocurra en este próximo gobierno que inicia depende que siga siendo así.

Foto: Gesline Arango / nacion.com

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