La era de Luis Guillermo Solís

Apr 05 2014

lgs-nacion

Después de un larguísimo proceso electoral que incluyó segunda ronda, el próximo domingo 6 de abril se confirmará lo que ya se veía venir desde al menos un par de meses y más aún desde que su rival tiró públicamente la toalla: El catedrático Luis Guillermo Solís, candidato del PAC, se hará por evidente mayoría con la Presidencia de la República.

Pensar en otra posibilidad, siquiera remota, es desconocer la realidad de los hechos. La paciencia de los ticos con el bipartidismo y el anquilosamiento del poder de un ya de por sí impopular y autodesprestigiado PLN terminó —por fin— de derramar el vaso, y el pueblo les va a pasar la factura. Como persona, yo veo en don Luis Guillermo un candidato muy sui géneris a la usanza y gusto del costarricense: Conciliador, carismático, sin tendencias radicales, sin oratoria incendiaria sino más bien académica y reposada, y sobre todo una persona natural y accesible, sin poses clasistas ni estiramientos afectados. Tiene las cualidades para ser un estadista al estilo de José Figueres y muchos ven en él por esa misma razón la personificación de una nueva Edad de Oro costarricense, aludiendo a los “años buenos” entre las décadas de 1950 y 1970, cuando el país tenía indicadores económicos y sociales bastante estables y además fue la época dorada del Estado Benefactor y centralista, ideal que seguirá en pie bajo el mandato del partido próximamente gobernante a pesar del contexto globalizado en que hoy vivimos.

Hasta ahí, digamos, todo bien con Luis Guillermo. Sin embargo, para algunos nos es preocupante que un candidato que ha hecho de la conciliación y el diálogo su estandarte y carta de presentación no haya sido muy capaz de utilizar estas herramientas dentro de su propio partido. Pongo por caso lo que acontece con el infaltable líder, fundador y caudillo del PAC, Ottón Solís. Mientras Luis Guillermo y su equipo buscan negociar diferencias con tirios y troyanos en temas tan espinosos como el del empleo, las zonas francas y el plan fiscal, el fundador del partido y —agregan los más cínicos— el poder detrás de la silla presidencial, declara a los cuatro vientos una opinión distinta del asunto poniendo al candidato presidencial a correr, apagar incendios y desfacer el entuerto. Y si éste es un síntoma de cómo van a ser las cosas a lo interno del PAC durante los próximos cuatro años, ofreciendo señales ambiguas y con opiniones contradictorias entre los mismos líderes, va a ser muy difícil pretender que en esa disfonía de criterios pueda darse el cambio real que tanto esperan los ciudadanos.

También conviene ser realista; he visto muchas manifestaciones de mascaradas, desfiles con perritos y demás demostraciones corrongas que le encantan a la gente y que sin duda han logrado crear una empatía sin igual con don Luis Guillermo. Sin embargo, arreglar la problemática nacional que se ha ido acumulando durante las últimas tres décadas no se resuelve con payasos ni mascaradas ni buenas intenciones. Es más, cuatro años no van a dar para hacer el Gran Milagro que esperan muchos compatriotas y me temo por eso mismo que no pocos terminen decepcionados ante el divorcio de las expectativas versus la realidad posible (no somos un caso único; algo similar ocurrió con el gane de Barack Obama en EEUU en el 2009). Costa Rica es como una lancha en alta mar que se ha ido llenado de huecos en el casco y, para no hundirse, se ha visto forzada a achicar el agua con una sola y mísera taza de café. Tal es el volumen de la complejidad que se le viene al gobierno entrante.

Sin embargo, si no alcanzara el período presidencial de don Luis más que para “limpiar  la casa”, devolver la decencia a la política nacional y trazar el camino para las decisiones correctas que necesitamos tomar, sería aún así un cuatrenio infinitamente más provechoso y beneficioso para el país que las tres últimas décadas de administraciones anteriores. Aunque cómo lograr todo esto sin tocar un pelo de un Estado elefantiásico y grandemente ocioso, con privilegios e ingresos extremamente dispares en comparación con el sector privado que sostiene la economía nacional, es un enigma que no soy capaz de procesar ni razonar. Ni tampoco puede hacerlo el analista liberal JC Hidalgo, quien igual escribe sobre esta inquietud con más respaldo y sesudez de lo que yo podría hacerlo jamás.

Igual, ya a estas alturas donde todo en mi opinión ya está decidido, honestamente le deseo lo mejor a don Luis Guillermo y su equipo, y que las interrogantes que he escrito en este post y que no son solo mías sino también de muchos otros se vayan aclarando con el tiempo, ojalá a la mayor brevedad. Costa Rica, a pesar casi que de sí misma, sigue siendo un país único y maravilloso, y de lo que ocurra en este próximo gobierno que inicia depende que siga siendo así.

Foto: Gesline Arango / nacion.com

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El efecto Sofía

Nov 07 2013

Magritte: Las afinidades electivas
Quiso la casualidad que me tocara leer esto fuera y bien lejos de mi país. Una joven —real o imaginaria, no se sabe— llamada Sofía le asesta a través de la psicóloga que firma el texto en cuestión un golpe de knockout y de impacto total al imaginario nacionalista más feliz del mundo. Para muestra, unas líneas.

Entendí tanto cuando Sofía, llorando, me decía:

“Tengo derecho de vivir en un país sin sentir miedo todo el tiempo; tengo derecho de vivir en un país donde no me tenga que andar cuidando siempre de un asalto; tengo derecho de pasar horas en un parque con mi computadora sabiendo que nada me va a pasar; tengo derecho de andar en bus o taxi a cualquier hora de la noche sabiendo que voy a llegar segura a mi casa… Quiero caminar por las calles, quiero seguirme perdiendo sin encontrar la dirección que estoy buscando y saber que nadie me va a matar, o asaltar, o violar o secuestrar…

Sobra decir que ardió Troya. Ríos sin fin de bits y bytes se enfilaron en blogs y redes sociales contra la autora y la infortunada joven que —es obvio— no quiere nada que ver con nuestro vergel bello de aromas y flores. Para Sofía, Costa Rica ya se fue bien a la mierda y hace rato. Sólo queda emigrar. ¿Reacción justificada o exagerada?

Para alguien que ha agarrado últimamente los petates para perderse por varias partes del mundo por interés de conocerlo como yo, es imposible no sentirme aludido. Más bien, con cada viaje he llegado a apreciar más las cosas que hacen de mi país algo realmente único en el mundo; su naturaleza, su tono de verde único, su don de gentes y sus tortillas de maíz.

Pero a la vez me he hecho más consciente de todas las cosas que nos son negativas y que nos están arrebatando poco a poco —o mucho a mucho— todo lo bueno que tenemos; el culto a la mediocridad, la inseguridad rampante, la corrupción, la paranoia colectiva, el apartheid económico, el porta mí, y la inutilidad completa del gobierno para resolver nuestros problemas-país.

Sé muy bien lo que siente Sofía. Lo siento cuando regreso al país y después de volverme a sentir en casa, comerme un buen gallo pinto y tomarme un café, a los días vuelvo a tomar conciencia de la realidad que me rodea y de nuevo me dan ganas de salir corriendo. Lo confieso y lo pongo acá en aras de la transparencia. Sé que no me ganaré jamás una medalla de honor al patriotismo. Estoy dispuesto a recibir los si-no-le-gusta-por-qué-no-se-va-hijuetal (Al momento de escribir esto, ya me fuí para Suramérica, muchas gracias). Así como igual creo que eso de “morir por la patria” (la que sea) es una estupidez. A veces pienso que los países son un invento que no ha servido más que para jodernos la vida a todos. ¿Las culturas de cada región? Pues ya eso es otro cantar y un fenómeno natural y humano, que no necesita de fronteras para existir.

Pero bueno… ¿han visto lo que le pasa a una casa que deja de recibir mantenimiento por varios años? Poco a poco, las inclemencias del tiempo que no se detiene ante nada ni nadie van haciendo estragos en las paredes, el techo, las maderas, y así progresivamente van apareciendo goteras, rajaduras y vidrios quebrados que van deteriorando lo que antaño era un lugar maravilloso. Pues bien, Costa Rica es esa casa. Y aunque sigamos viviendo en ella hemos terminado por creer que estarnos capeando las goteras, lidiar con cañerías tapadas y un piso lleno de suciedad es lo normal, lo aceptable. Pero ya se nos han empezado a caer las láminas del techo, y aún así seguimos impávidos, sin saber qué hacer.

¿Que si hay países que están haciéndolo casi todo mejor que nosotros? Sí, los hay. Las comparaciones son tediosas, pero podría contarles cómo cuando estuve hace un año en Islandia me sorprendió la independencia que tienen ahí los niños desde edades muy tempranas. Van a donde sea sin acompañantes adultos. Y pueden hacerlo, porque no tienen por qué tener miedo. Las razones que nosotros esgrimimos para ello ahí no existen. Y aunque en el resto de Europa hayan carteristas y ladrones, la psicosis de la inseguridad no llega a los extremos a que estamos acostumbrados. Uno siente la diferencia cuando ves la tele o lees el periódico en algún lugar y las noticias principales no tienen que ver con chorros de sangre, asaltos o robos a casas.

Por otro lado, en Brasil —donde me encuentro ahora— veo y percibo la misma problemática socioeconómica, si no es que más aguda, que en Costa Rica. El país que hoy está en la mira de todos por el Mundial de fútbol tiene ante sí el gran reto de la imagen que va a ofrecerle a los más de 600.000 turistas que vendrán el año próximo por la Copa. En los parques —muy bonitos, por cierto— de la ciudad en que estoy hay Wifi gratis. ¿Pero ustedes creerían que voy a sacar mi laptop en medio parque viendo cómo aún hay desigualdad, mendigos, pobreza, rejas, basura, alambres navaja y delincuencia por todas partes? Una cosa es ser optimista y otra es ser ingenuo. Aunque para ser justos, me parece que Brasil es un país que viene de vuelta del fondo hacia donde nosotros aún pareciéramos empeñados en dirigimos y sin frenos. Muchos de sus habitantes han logrado pasar en los últimos años de la miseria absoluta a ser al menos clase media baja, y eso considerando las dimensiones del país es un logro gigantesco.

Sin embargo, si algo positivo saco yo de esta experiencia por Suramérica es que ante nuestra obstinada costumbre de ver siempre el pasto del vecino más verde, darse cuenta que no siempre es así —pero sin caer en la vana complacencia del conformismo— me ha dado una visión más equilibrada del mundo y de comprender que si bien podríamos —y deberíamos— estar mejor, tampoco nuestro país es el lugar más inhospito, insalubre e insoluble del mundo. Nos urge derribar las barreras del individualismo egoísta y recuperar el sentido de comunidad, del esfuerzo conjunto, de reconocer que la prosperidad de nuestro país no depende de un presidente-superhéroe, sino de la contribución que hagamos todos nosotros con nuestras acciones, deberes y ética social.

Dice un refrán que si cada quien barriera el frente de su casa toda la acera estaría limpia. Un reto tan complejo como enderezar un país es imposible para una sola persona. Pero es justo ahí donde la unión y la conciencia común son necesarias y urgentes. Sentir que no se está solo empujando la carreta, dando el ejemplo, manteniendo a flote el pedazo de tierra que a uno lo vió nacer.

Mientras tanto procuro, aunque me cueste, ser cada vez más César y cada vez menos Antonio.

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Por las Plumas: Cine sin ingredientes artificiales

Oct 07 2013

Elenco de "Por las plumas"

 

Gracias a los avances tecnológicos la producción cinematográfica costarricense tiene cada vez más presencia. Y así, el largometraje Por Las Plumas del novel director Neto Villalobos va en camino a convertirse en la película revelación nacional del 2013. ¿Pero qué tiene esta película de diferente respecto a lo que hemos visto de otros realizadores nacionales y jóvenes, como Hernán Jiménez?

Esta película se autodefine como una “comedia”, sin embargo y aunque los elementos comédicos están presentes e identificables, hay algo en el filme que siento va más allá del intento superficial de la risa, sin caer por un lado en el drama exagerado, maniqueo y lamentoso del “realismo social latinoamericano” ni por otro lado en lo que me gusta definir como teatro filmado, algo que nos ha costado mucho sacarnos de encima en el cine. Quizás el mérito de Por las plumas radica precisa y justamente en todo lo que más bien no es ni pretende ser: Un panegírico artificial, políticamente correcto e idealizado de la vida de un pueblo costarricense. Para eso ya tenemos al ICT, a los “esenciales” y los anuncios de cerveza Imperial.

El argumento de la película gira alrededor de Chalo, un guarda de seguridad privada con un ambiente laboral de mierda en un pueblo perdido de Costa Rica (en la vida real, Puriscal) y Jason (Jasón, nos corrige el actor) quien ingresa como guarda de relevo y por el cual, a través de un gallo de pelea que Chalo adquiere y bautiza con el ambicioso nombre de Rocky terminan fraguando una relación de amistad a toda prueba. De hecho, la temática de las peleas de gallos apenas tiene presencia en el filme, pues para el director ha sido más importante mostrar las interacciones que suceden entre los personajes a raíz del gallo como elemento conector.

El ritmo de la película es atípico a lo que estamos acostumbrados en el cine nacional. Nuestro horror vacui y el culto a la apelotazón se dan de frente con los episodios de silencio que a veces pecan de excesivamente largos y ceremoniosos, pero a la vez nos adentran en un proceso de visualización y ritmo que creíamos perdidos en esta generación nacida entre el síndrome de déficit atencional y Youtube.

Quizás lo más rescatable del filme es la pasmosa naturalidad con que se desarrollan los diálogos entre los personajes, en puro tico, sin filtros, impostaciones ni refinamientos, pero sin caer tampoco en la pachucada (por demás innecesaria) ni la falsedad de algo que pretenda ser sin serlo. Más autén-tico que esto, imposible. Y como si esto no bastase, el aporte visual termina por subrayar la autenticidad y el origen de su esencia: los buses Blue Bird de 40 años de antigüedad y aún en servicio, la empleada doméstica convertida en “representante de ventas Avon”, los patios de casas llenos de ladrillos block, barro, chatarra y hasta un excusado relevado de sus funciones pa’que no le falte, y la presencia infaltable de una casa cualquiera convertida en templo evangélico, haciendo énfasis —junto con los testimonios de Jasón— en la omnisciencia de la religión cristiana en la sociedad costarricense. Estamos pues —en palabras del crítico William Venegas— ante un escenario de neocostumbrismo, ya no desde la óptica idealizada y bucólica de las Concherías de Aquileo Echeverría, sino desde el lente roto y sucio de una sociedad a la que le ha tocado recoger los pedazos de la pobreza, el atraso y la indiferencia gubernamental que ha dejado a su paso la aplanadora de la globalización, pero que es de lo más realmente real que tenemos, que está ahí, y que es la Costa Rica de verdad para muchos compatriotas. Pero donde también hay otra especie de belleza; la de su gente y sus sentimientos.

Con todo, la película está lejos de ser perfecta (¿habrá alguna que lo sea, acaso?) y repite el vicio de los desenlaces abruptos y carrereados que se han visto en tantos otros filmes nacionales. Sin embargo, los aportes que ofrece Por las plumas al cine nacional pueden marcar fácilmente un antes y un después en nuestra aún naciente historia cinematográfica. Bien vale ir a verla.

 

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