San Karl Lagerfeld

Karl Lagerfeld y su gata Choupette

Siempre me ha intrigado la figura de Karl Lagerfeld, el mega célebre diseñador de modas alemán que terminó haciendo de París su musa y centro de vida. Su icónico look magro, como cortado a cuchillo, pétreo e impenetrable, flanqueado por sus eternos guantes, cola de caballo blanca, cuello victoriano perfectamente almidonado y anteojos oscuros, es imposible de confundir. Como todo artista que se precie, con algo —o mucho— de divo y egocéntrico, pero que a la vez ha logrado rodearse de los ricos y famosos del mundo para hacer lo que se le viene en gana, lo cual —hay que decirlo— es todo un logro por donde se le mire.

Resulta que la televisora alemana Deutsche Welle, de lo poco rescatable que aún nos ofrece el cable nacional, hizo un documental de oro sobre él y donde aparece Karl mismo contándonos de su vida, revelando al mismo tiempo la persona detrás del gran mito de la moda que lo rodea. Alguien que inicialmente quiso ser caricacturista, que prefiere mil veces la compañía de sus lápices, cuadernos y su gata Choupette a las fiestas del jet set, que odia hacer reuniones de trabajo y prefiere la interacción espontánea; que sigue siendo un curioso de todo lo que le rodea y busca probarlo todo.

Hijo de una familia acomodada cuyo padre halló fortuna vendiendo leche en polvo en Alemania, Karl sin embargo se identificó siempre más con su madre, a pesar del “amor duro” que parecía emanar de ella. Según el propio Karl, pasó un año de su vida ensayando tocar piano hasta que su madre le cerró la tapa del teclado en los dedos y le dijo, como si se tratara de una premonición: “Deberías dedicarte a dibujar, eso hace menos ruido”.

Karl tuvo la suerte de decidir a temprana edad a qué quería dedicarse en su vida. A los 20 años, emigró a París donde contactó con Yves-Saint Laurent, que se convertiría a la vez en su amigo y fiero competidor. Inmerso de lleno en la cultura francesa, Karl comenzó rápidamente a hacerse de un nombre con sus colecciones fuera de serie. A pesar de haber vivido en el París libertino y hedonista de las décadas de 1960 y 1970, el sentido de disciplina alemán se impuso al final en Herr Lagerfeld, workaholic consumado; al día de hoy, dice no haber probado una gota de alcohol. Tuvo, eso sí, relaciones afectivas con varios socialités parisinos, especialmente con Jacques de Basher, 18 años menor que él. “Pero no de la forma en que usted se imagina” le aclara Lagerfeld al entrevistador del documental. “Si hubiera sido así, yo ya habría muerto de Sida, como él” (en 1989).

Es probablemente este sentido de disciplina germana que le hizo lograr, en el año 2000 y con asistencia de médico personal, perder cerca de 40 kilos de peso en un año, dándole la figura delgada por la que hoy es conocido. Para cuando realizó recientemente el lanzamiento de una colección de Chanel, transformando el Grand Palais parisino en un supermercado chic, Karl dijo, con respecto a la comida: “Yo veo todo eso como si fuera de plástico”. Como personaje no ha estado, sin embargo, exento de críticas; una serie de comentarios desafortunados sobre el peso de la cantante pop Adele lo hicieron blanco de tiro de la opinión pública. Conociendo ya el tema personal que tiene Karl con el asunto del peso, asumo que cometió el error de extrapolar sus propias ideas al físico de Adele… ¿pero igual, cabía acaso esperar objetividad de un divo que nunca ha creído en ser políticamente correcto?

Pero en fin, quizás lo que más terminé admirando en el documental es que, para Karl Lagerfeld, el único momento que vale la pena es el ahora, el presente. No parece ser alguien que visite con frecuencia los anaqueles del pasado y la nostalgia, y eso me parece algo sano. El aferrarse a algo que fue pero que ya no es nos impide observar todas las oportunidades que tenemos en este momento enfrente, que es en verdad con lo único que realmente contamos. Admirado por muchos y detractado por muchos otros, Karl Lagerfeld es de esas figuras que no dejan a nadie indiferente, y si algo hay de valor en este mundo de hoy donde todos quieren parecerse a todos, es el de ir contra corriente y ser como uno realmente quiere ser, sin importarle el qué dirán. Y Herr Karl lo sabe.

Maikol Yordan de viaje perdido: el cine nacional como éxito comercial

El 2014 fue sin duda el año del director de cine Miguel Gómez, primero con el lanzamiento de Italia 90 —reviviendo la primera gloria futbolística nacional al calor del Mundial y del desempeño histórico de la Selección en Brasil— y ahora con esta colaboración con el grupo cómico nacional La Media Docena, tomando a un personaje de sus sketches, el campesino Maikol Yordan Soto, y trasladándolo a un largometraje cómico: Maikol Yordan de viaje perdido.

Las aventuras (y desventuras) de Maikol Yordan, un trabajador del campo que emigra a la ciudad para buscar trabajo, han constituido un éxito taquillero sin precedentes en el país, llegando a la lista histórica del “top 10″ con récords de audiencia reservados antaño para filmes extranjeros. Tan exitosa ha sido que hasta se han vendido copias piratas en San José, aún estando en cartelera. Y esto, obvio, despierta las interrogantes buscando el por qué del inusitado éxito del filme.

Algunas claves son obvias: Maikol Yordan no es un extraño a la audiencia costarricense. El show televisivo semanal de La Media Docena le ha dado exposición nacional por años, creando así de previo un mercado, empatía y demanda que hacen más fácil vender un producto — en este caso una película. Pero a la vez también implica un gran compromiso de imagen. Las expectativas de la audiencia, aún tratándose de una comedia, son bastante altas por la familiaridad y por tanto el producto final puede ser responsable de impulsar o degradar dicha imagen. A juzgar por los números en boletería, la gente ha reaccionado afirmativamente. La película amplifica el sketch dándole a Maikol Yordan el contexto de una familia completa en el campo (con ocho hijos incluidos) y extendiendo sus aventuras a Europa, que no deja de ser un giro interesante para una película nacional.

Maikol Yordan - Arco del Triunfo, Paris
Colisión cultural: Maikol Yordan y el Arco del Triunfo, París.

En este último film percibo por parte de Miguel Gómez una mayor madurez fílmica obtenida por la experiencia, superando por mucho el sinsabor de obras anteriores suyas como El fin. Tratándose de una comedia de corte familiar —género favorito a nivel taquillero en Costa Rica— tampoco esperaba más de este filme de lo que espero, digamos, de una comedia hollywoodense de Adam Sandler. Y estuvo bien. El guión por la mayor parte de la película se sostiene con fluidez e interés, y aunque acá tampoco escapamos a los desenlaces abruptos y facilistas de las otras películas de Gómez (algo en lo que tiene que trabajar, en mi opinión) el producto final es decente y pasable como entretenimiento light, aunque tampoco me ví soltando la carcajada con los chistes (por dicha otros en la audiencia sí; cuestión de personalidad, quizás). Ha costado ir dejando atrás la entelequia mental de “apoyar lo nacional” sin importar su calidad; pero creo que cada vez se va colocando el listón más alto y eso es lo que importa. Además el director Gómez concibe el cine, gracias a su experiencia en Hollywood, como un negocio —concepto que aún se toma por herejía entre ciertos puristas del séptimo arte nacional— y, al menos financieramente, se le está dando la razón.

Me parece que quienes critican negativamente esta película no entienden que no se puede medir a todos los filmes nacionales con el mismo rasero. Un drama, un documental y una comedia manejan discursos, expectativas y criterios estéticos distintos entre ellos, y el despelote ocurre más bien cuando una película no tiene muy claro en qué dirección quiere ir, cosa que ha sucedido con demasiadas obras nacionales en el pasado. En el caso de De viaje perdido, hasta los villanos son comédicos y caricacturescos y, en el tono general de la película, eso funciona. Con cada nuevo esfuerzo se va depurando cada vez más el conocimiento del lenguaje fílmico nacional y eso se nota.

Muchas críticas también se dirigen contra el personaje, a quien acusan de “ridiculizar al campesino tico”. Si bien Maikol Yordan definitivamente constituye una exageración cómica de ese campesino que muchos en el Valle Central sostienen que ya no existe, la verdad es que fuera de dicho valle no es difícil aún encontrarse a personas que comparten muchos de los rasgos físicos y psicológicos del personaje, incluso dentro de mi propia familia (ahí por el norte de Alajuela, muchas gracias). Un personaje pues bastante creíble, que a pesar de sí mismo logra, como los gatos, caer siempre de pie.

Maikol Yordan y Heriberto
Hermanos de campo: Maikol Yordan (Mario Chacón) y Heriberto (Boris Alonso)

En resumen:  mientras se tome a Maikol Yordan de viaje perdido por sus poco más de 90 minutos sin mayores pretensiones que la de entretener y retratar —así sea con exageraciones comédicas— un aspecto de la identidad costarricense (me pregunto si podría tener igual aceptación en otro contexto social), es un capítulo importante en la historia del cine nacional, al menos en lo que al cine como negocio respecta. Antes los criterios de gusto y selección de la audiencia costarricense eran una nebulosa, y hoy ya quedan mucho más claros. Aceptándolo o no.

Charlie Hebdo, las ideas y las personas

Charlie Hebdo (a partir de Rene Magritte)

Creo que desde los ataques terroristas del 2001 en Nueva York no había habido tal estado de shock en las noticias mundiales. El semanario francés Charlie Hebdo, hasta hace una semana apenas conocido en el ámbito francoparlante por su humor subversivo y sin ambages, fue víctima de un asedio terrorista donde dos individuos, armados, encapuchados y de probable conexión con el Estado Islámico, invadieron las oficinas de la revista y abrieron fuego, ultimando a su director-dibujante, Stéphane Charbonnier, y a otros cuatro caricaturistas más de renombre en Francia, de entre un total de doce víctimas mortales.

Como aficionado que he sido al dibujo de bande dessinée franco-belga —aunque Charlie Hebdo está más del lado de la caricatura político-editorial— los hechos me han impactado sobremanera, no sólo por la conexión evidente sino por el innegable golpe a la libertad de expresión que constituye este ataque. Miles de franceses y gente del resto del mundo se han unido en la calle o en las redes sociales bajo la consigna Je suis Charlie (yo soy Charlie), y de igual manera miles de opiniones cuestionando si el semanario francés “se lo había buscado” en virtud de sus caricaturas altamente provocadoras e irreverentes del profeta Mahoma (recordemos que según el Islam, la representación visual de todo profeta es prohibida).

Y no se crea que el semanario la emprendía solo contra el islamismo; el cristianismo también ha recibido de Charlie Hebdo su buena dosis de irreverencia. He aquí una foto que tomé al pasar en un puesto de revistas en París. Una figura evidentemente chocante para el discurso oficial de la “autoridad religiosa”; a mí más bien me pareció en ese momento maravilloso el hecho de que una publicación pudiera salir con una portada así y que no se acabara el mundo por ello. No es de extrañar en un país acostumbrado a la sátira incisiva como Francia, algo de lo que nuestros medios de comunicación hace mucho adolecen y por ello se nos hace raro e incómodo.

Charlie Hebdo - 2012
“El Padre, el Hijo y el Espíritu Santo”.

 

De todo lo que se ha dicho en Internet, apoyando o denigrando a la obra de los caricacturistas galos, me quedo con esta impresión: Bajo nuestro concepto occidental de una sociedad libre y democrática, la libertad de expresión no es algo concebible acompañado de una letra menuda de  “aplican restricciones”. De lo contrario no puede llamarse libertad.  Y eso incluye manifestaciones, expresiones y puntos de vista con los que evidentemente no estaremos de acuerdo. Toda ideología, creencia, opinión o pensamiento hecho público es susceptible de ser sujeto al escrutinio, análisis, opinión, crítica, aplauso o desaprobación de cualquiera. Ninguna religión, creencia o filosofía —construcciones y juicios de valor nacidos del imperfecto género humano, valga además agregar— está por encima del bien y del mal, en una especie de Olimpo intocable. Esta es la base de un sistema basado en el respeto a la libre expresión.

Pongamos un ejemplo práctico: la Extra, ese diario que de tiempo en tiempo recurre al gore sanguinolento y revulsivo en su portada para vender a través del morbo. No simpatizo con ni apoyo semejante práctica, pero tampoco puedo negarles el derecho a hacerlo. No estoy obligado a comprar ese periódico. Y los comentaristas que ante una portada de esas inundan las redes pidiendo que “cierren la Extra” no están siendo más tolerantes para con la libertad de expresión que los extremistas que hoy tienen en vilo a la humanidad con sus actos.

Que conste: tampoco confundamos libertad con libertinaje. El problema para mí surge cuando atacar una idea se confunde con atacar a una persona. No es lo mismo decir “El catolicismo es imbécil” que decir “Juan Pérez es un imbécil”. Juan, como persona y ciudadano en este caso, tiene derecho a defenderse con todos los recursos a su haber de semejante acusación. Una idea como ente abstracto-no-humano, en cambio, no puede reclamar para sí tales derechos, ni tomar ofensa ni partido ni opinión ni acción. Una idea simplemente es. El nivel de significado e importancia que cada uno le demos a esa idea es lo que hace la diferencia.

Las personas tienen derechos, las ideas no.

Entonces si Juan Pérez, católico y apostólico, toma ofensa con una opinión que diga que “el catolicismo es imbécil”, ¿es culpa del catolicismo como entidad, o de la interpretación personal que Juan hace para sí de esa frase? ¿Qué tanto define la religión a Juan como la persona/ciudadano que es, al punto de ofenderse por semejante descalificación?  En mi opinión, la convivencia pacífica y sana de los individuos con diversidad de criterios —como en cualquier sociedad moderna— es un valor que va más allá de cualquier aspecto religioso. Son los preceptos que se instauraron en el mundo moderno desde la Revolución Francesa de 1789. Un consenso basado en el raciocinio y el respeto mutuo entre personas donde la tolerancia con el pensamiento diverso es fundamental. Cuando en una sociedad se pretende imponer a la fuerza un criterio y juicios de valor homogéneos, eso generalmente ha venido en forma de dictaduras político-religiosas y regímenes totalitarios — algo con lo que cualquiera que haya vivido su vida en regímenes de libertad y democracia difícilmente va a estar de acuerdo.

Desafortunadamente, inculcar dichas corrientes de pensamiento en sociedades donde a fuerza de siglos de imposición de visiones obtusas del mundo, la humanidad y las religiones han adquirido una visión retorcida y funesta de las cosas se antoja una labor titánica y prácticamente imposible. Muchos aún esperan ver la movilización de grandes ejércitos para hablar de una “tercera guerra mundial”. A mí me parece que estamos metidos en ella hace mucho, y siendo ejecutada por un blanco difícil de atinar: “células durmientes”, organizadas por Internet, en lugares que se tenían por seguros. El enemigo del mundo civilizado hoy día no es el Islam; es la intolerancia alimentada por un fanatismo enceguecedor que no oye razones.

Para leer más

The Oatmeal  – How to suck at your religion

Cristian Cambronero – Libertad y sátira en un país sin sátira

El País – Derecho a la blasfemia

Revista Entérate – ¿Quiénes son los “yihadistas” franceses?