
Entre una imparable carga de trabajo y el hecho de que estoy aprovechando cada momento libre que tengo produciendo material gráfico para relanzar mi otro sitio, ha sido difícil encontrar tiempo para darle un poco de atención a este otro. Pero se hace lo que se puede.
Camino al trabajo, a menudo sintonizo el programa de las mañanas en Radio U. Como no podía ser de otro modo, el tema de hoy fue el magnánimo desastre en que degeneró un concierto popular organizado por una universidad privada este fin de semana, documentado en detalle por el Fusil y Vuelta en U. El caso es que en el programa mencionado se preguntaban –como igual nos preguntamos todos nosotros– por qué se dio esta manifestación de furia y caos en San Pedro. Los jóvenes entrevistados apuntaron, de primera entrada, a la irrupción policial pues –dicen– llegaron sin preguntar nada a repartir garrotazo limpio contra los jóvenes agolpados en el lugar, y ahí empezó el zafarrancho.
Cierto es que hay y siempre habrán unos cuantos elementos en este tipo de eventos que sólo les interesa crear desorden por el desorden mismo. Sin embargo hay un par de hipótesis sociales que me intrigan mucho más y que apuntan a algo más allá del caos externo.
Una, que estamos cosechando lo que hemos sembrado por décadas, a punta de políticas donde el ejercicio del civismo, los valores y la responsabilidad que hicieron del país lo que fue por gran parte del siglo XX han sido sistemáticamente despreciados, donde la autoridad paterna quedó completamente al garete, la escuela se transformó de formadora de ciudadanos en la niñera de turno y nos produjo hijos de la TV y el Playstation, que desconocen las más elementales normas de urbanidad, que siempre lo han querido todo en bandeja de plata y encima de eso lo quieren ya, ahora y sin el más mínimo esfuerzo. Y por eso no les tiembla el pulso para lanzar piedras y palos para violentar la propiedad y los bienes ajenos.
La otra, de que lo ocurrido este domingo no es más que una manifestación consecuente de una juventud que se siente constantemente mancillada, violentada, engañada. hecha a un lado por la sociedad. Una sociedad que clasifica, por omisión y sin preguntar, al joven como un estorbo y violento por naturaleza. Una sociedad que mantiene carreras universitarias sin futuro y que no le ofrece oportunidades laborales a la juventud más allá de ser mano de obra barata para call centers. Una sociedad donde la violencia no se ve sólo en la avalancha de diarios y telenoticiarios sensacionalistas teñidos de sangre un día sí y otro también, sino en el avasallaje económico del imparable costo de la vida, en más de dos décadas de políticos y gobiernos que no han llegado a servir sino a servirse, y en la desigualdad social que en nuestro país ya no es una brecha, sino un abismo. Mientras algunos siguen viviendo un país de fantasía basado en épocas pasadas que no volverán por más que se empeñen, el resto de nosotros tiene que ver cómo hace para bailar con la más fea y seguir sonriendo, aunque sea a punta de hacer muecas. Y dado este trasfondo, manifestaciones como éstas no son más que –con perdón de la expresión cliché– la punta de un gigantesco iceberg, o una olla de presión propensa a explotar en cualquier momento, y con peores consecuencias.
Algunos simplemente ya no aguantan más esta farsa. Y algunos otros, en su Jauja imaginaria, no quieren aún darse cuenta que el país ha cambiado dramáticamente en todo sentido en las últimas décadas. Y no siempre para bien.
De cualquier manera, algo está muy, pero que muy podrido en nuestro núcleo social, y ya nos está llegando a nuestras narices el olor de la podredumbre que por mucho tiempo hemos pretendido ignorar. No es difícil hacer una correlación entre el momento en que la política costarricense dejó de tener rumbo como un carro a alta velocidad y sin frenos, y el desenlace social que estamos viviendo en estos días.
Pero también por otro lado, me pongo a pensar en lo cíclico que parecen ser estos fenómenos. Baste con recordar los eventos de mayo de 1968 en París. Igual, una generación de jóvenes rebelándose contra el establishment, contra una sociedad que los despreciaba y les negaba oportunidades. ¿Adivinen quiénes son hoy día muchos de esos jóvenes rebeldes de los sesentas? La gran mayoría terminó por convertirse en parte del establishment de los poderosos contra el que los jóvenes de hoy protestan. ¿Estamos condenados como sociedad a no aprender jamás de nuestra historia y repetirnos infinitamente?
Las fotos son de Rebeca Arias y Jorge Navarro
30 de Julio, 2008
5 dicen:
mae, hace unas semanas en tres rios, este finde en la latina y luego en santa ana… y en todo hay un patron: jovenes rebeldes fuera de control y la policia actuando de forma extrania…
yo solo me imagino a esos jovenes rebeldes cuando crezcan mas y se les ocurra protestar contra el gobierno.
En realidad estoy de acuerdo con la primera hipótesis, si me parece que la escuela no juega el mismo papel formador de hace unos años, pero también es cierto que en las familias no se está educando de la misma forma.
Eso si, no creo que lo que pasó el domingo tenga algo que ver con ese otro problema que citas en la segunda hipótesis, que a pesar de que existe, y de que existen personas dispuestas a tomar medidas, las mismas no tienen nada que ver con violencia sin sentido, completamente injustificable (en cuanto a esto me gustó el post de moraditica en http://tinyurl.com/6byp87).
Otro tema que mencionas y que realmente merece una discusión mayor, es el de las oportunidades laborales y los call centers, si bien es cierto no es el mejor puesto de trabajo, si considero que son excelentes opciones para personas que estudian y trabajan. En lo personal siento que un lugar que me da tiempo para estudiar, con un salario regular y con un ambiente bonito no es una opción tan mala.
Hay muchas cosas que están mal en este país, y hay que hacer algo, pero definitivamente lo del domingo no tiene ninguna razón de ser y simplemente hay que hacer algo para que este poco de delincuentes salgan de las calles.
Will: Lo de los call centers lo puse a sabiendas de disparar las susceptibilidades de algunos. No tengo personalmente nada en contra de ellos (cualquier trabajo que sea honrado ya vale por su propio mérito). Sin embargo veo casos como el de mi hermano menor, graduado de Ingeniería Forestal, y en vez de ejercer la profesión como se debe anda jugándosela haciendo “camarones” temporales como entrenador personal. Esa frustración de estudiar una carrera y no poder ejercerla, que cada vez parece ser más común, es a lo que quise referirme.
[...] Por Escrito reflexiona sobre las revueltas [...]
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