Todos hemos oído en algún momento la frase “Todo tiempo pasado fue mejor”: un dicho demasiado popular que, alimentado por el tamiz que va esparciendo el paso del tiempo sobre los recuerdos, va dejando las tribulaciones y miserias en el olvido y los acontecimientos idílicos o positivos en la memoria. Hace algún tiempo han comenzado a aflorar en Internet fotos y videos que nos muestran una Costa Rica que, a juzgar por lo que vemos, era poco menos que el paraíso en la Tierra. Comencemos, por ejemplo, con esta vista del Paseo Colón hacia el oeste:

Según quienes han publicado la foto, la misma se tomó en el año de 1960. Aunque a juzgar por los modelos de autos y porque el Hospital Nacional de Niños —a la izquierda— no fue inaugurado sino hasta 1964, con mucho más certeza es de una fecha posterior, aunque no por mucho. En todo caso, un contraste total con el aspecto de esa misma zona en la actualidad, más propia de Los Angeles en decadencia de Blade Runner que de una ciudad digna de ostentar el mote legendario de Tacita de Plata.
Aproximadamente de la misma época, una foto del legendario Cine Rex, tomada desde los jardines de la Catedral Metropolitana.
Yo recuerdo haber visto, de niño, varias películas de Disney en este cine. Era una época en la que el cine, más que un objeto de consumo en la misma categoría de la comida rápida, era toda una experiencia suprema de entretenimiento. Diagonal pasando el Parque, el cine Palace era aún más ostentoso. Ineludible detalle, además, la de los autos parqueados en la calle del parque y las bicicletas en la ciudad. También hay que notar que era una época en la que muy pocos aún podían comprar un automóvil. A veces quisiera uno, cuando ve estas escenas, que los autos siguieran siendo un lujo.
Sin embargo, aún más cautivantes son las imágenes en movimiento, y de esa manera fue descubierto en Internet un documental breve que de otro modo hubiera permanecido en el olvido: Calling in Costa Rica, de 1947, realizado por James Fitzpatrick, un trotamundos que realizó muchos filmes de este corte para la MGM.
El filme nos presenta una Costa Rica de ensueño, en donde los aviones despegaban y aterrizaban en La Sabana, unas calles con tráfico (y tranvía) más dignos de pueblito rural que de ciudad cosmopólita de setenta mil habitantes (!), las playas parecían ser aún desconocidas para propios y extraños, y en vez de ello observamos un Ojo de Agua muy diferente a lo que cualquiera de nosotros conoció. En este corto, las calles ticas se presentan como de entre las mejores del mundo (pueden reírse, por favor) y al menos un tercio del corto se centra en un homenaje -por así decirlo- a Mamita Yunai, al banano como bastión y motor principal de la economía nacional, que en ese tiempo de verdad lo era y mucho.
Lo que ese corto no menciona es que, tras ese cuadro idílico y feliz con el que nos caracteriza, la vida para la mayoría de los habitantes de la nación era dura, muy dura. Pocos niños iban con zapatos a la escuela. Igualmente sólo la gente rica podía pasear dentro (y fuera) del país, tener carro, seguro médico o cursar estudios de educación superior. Las opciones de entretenimiento eran escasas para la mayoría, y además, la Revolución del 48 estaba a un año de distancia. Hoy día hemos mejorado los índices de salud, longevidad, alfabetismo y educación enormemente en comparación a esos tiempos, y no hemos vuelto a tener conflictos bélicos ni ejército desde entonces. ¿Qué es, entonces, lo que extrañamos?
Sin duda alguna, la seguridad. La paz. El respeto a la vida humana. La sencillez y empatía colectiva de la sociedad de entonces .La igualdad relativa socioeconómica que nos hacía a todos, más o menos, “igualiticos”. Como bien lo nota el reportaje que 7 Días hizo después tomando el video anterior de referencia, la explosión demográfica que el país vivió desde la década de 1950, el crecimiento urbano desordenado y caprichoso, la corrupción gubernamental y la creciente desigualdad social donde los ricos son cada vez más ricos y los pobres más pobres, disparó como una mecha el resentimiento social, la delincuencia y la violencia que hoy día nos asola, azota y desilusiona de la sociedad en que hoy vivimos.
Hay quien dice que hemos enfrentado un problema de escalabilidad, y el divorcio evidente que hubo entre las necesidades del desarrollo del país y su atendimiento por el Estado a partir de finales de la década de 1960 fue poco a poco resquebrajando el componente social que tanto nos caracterizó y dio identidad como gente “pura vida”. Aún hoy nos denominamos como una sociedad “pura vida”, pero donde ese dicho termina sabiendo un poco a hipocresía y a una imagen de tiempos idos que al final ni nosotros mismos nos creemos y que ha degenerado en un simple slogan para vender la imagen de una “Disneylandia verde” a turistas extranjeros.
En suma, que ya sabemos lo que estaba mejor antes y lo que está ahora. ¿Podemos entonces comenzar a arreglar lo que no está bien? En el pasado hubo voluntad para crear cambios significativos y positivos para el país. ¿Qué es lo que nos hace falta ahora? ¿Dinero? ¿Voluntad? ¿Determinación? ¿Responsabilidad? ¿Dignidad? ¿Amor propio? Quizás un poco de todo eso. Entre todos tenemos que encontrar la respuesta, y actuar para recuperar, si no el paraíso perdido, un poco de ese país de la mente.



