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Ser maestro es una ruta sin atajos

Feb 21 2013 Published by under 2013, Costa Rica, Motivación

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Uno de los episodios más memorables de las ediciones del TEDx Pura Vida   —filial independiente para Costa Rica de la famosa serie de charlas TED — es la presencia de músicos muy jóvenes interpretando obras clásicas evidentemente muy avanzadas para su edad. Y sin embargo las interpretan con pasmosa técnica y perfección sin dejar de ser niños, mientras que a esas edades la mayoría de nosotros sentía como un gran logro ir solos al baño.

Se me escapa el nombre de estos dos jóvenes talentos de la foto, pero no el del responsable de generar estas genialidades en nuestro propio país; el pianista, maestro y formador de talentos Alexander Sklioutosvki (sí, tuve que buscar el nombre en Google). Una de esas luminarias que se cuentan con los dedos de una mano y sobran, saliéndose por su labor del culto a la mediocridad e imposibilidad institucionalizadas que nos asfixian día a día.

Ante la caída de la URSS a principios de la década de 1990, don Alexander decide emigrar de su Kirguistán natal en busca de mejores opciones de vida. A través de su hija casada con un tico, conoce de Costa Rica y decide asentarse en nuestro país en 1994, con la idea de formar una escuela de piano. Sin embargo los comienzos no fueron fáciles, sobre todo por la ausencia total de cultura musical en contraste con su entorno natal. Sin embargo don Guido Sáenz —otro incomprendido, que no santo, de la cultura nacional— llega a saber de él y a través de sus contactos va asumiendo roles de pianista con la Sinfónica Nacional mientras da lecciones privadas de piano a niños junto con su esposa. Así, poco a poco se fue conformando lo que hoy se llama el Instituto Superior de Artes donde se forman éstos y otros jóvenes prodigio con predisposición para la música, a través del método de enseñanza ruso del profesor Sklioutovski y que nos deja con la boca abierta en presentaciones como las que vemos cada año en el TEDx.

No obstante el punto que quiero rescatar aquí no es ni el virtuosismo ni la cultura ni nada de eso, sino el tema de la dedicación obcecada y diaria a ser un maestro en la disciplina que uno se proponga. Posterior al acto, los niños —encima con una soltura de dicción inusual para su edad— dijeron que practicaban piano alrededor de tres horas diarias. Llueva, truene o haga sol, ahí están aporreando las teclas del piano. Pero —y aquí está el detalle— no lo hacen como una imposición sino como algo que les nace de adentro, como un impulso interno fortificado a través de la relación que van estableciendo con el piano y la música, que los hace capaces de sobrellevar el tener que rechazar invitaciones a paseos, fiestas o ver televisión.

Se ha dicho últimamente que le toma a una persona alrededor de 10.000 horas de dedicación total y absoluta a una disciplina para convertirse en maestro de esa disciplina. Para visualizarlo mejor, en jornadas de 8 horas diarias estaríamos hablando de 1250 días (casi tres años y medio). O ya en unas más modestas y realistas tres horas diarias, 3.333 días, lo que igual equivale a casi diez años de práctica contínua en una sola disciplina, cualquiera que sea. Y si le restamos fines de semana, sabaditos alegres y domingos felices, nos va a tomar aún más tiempo llegar a esa meta que pretendemos alcanzar. Y la vida, vista de esta manera, no es lo suficientemente larga para llegar a ser maestro en muchas cosas.

Parafraseando también a Alan Watts en su célebre charla sobre el dinero (porque en nuestra sociedad, lo queramos o no, el dinero condiciona muchas de nuestras decisiones de vida): “si haces lo que realmente te gusta, no importa en lo que sea, puedes llegar a ser un maestro en eso. Es la única manera de serlo. Y entonces serás capaz de sacar buenas ganancias de lo que sea”.

En lo que sea.

Esta es una verdad que, cuando a uno le ha tocado ser “todólogo” en la vida termina de comprender no sin cierto dejo de incomodidad. La todología o el ser “zoila”, en tanto que muchas veces inevitable, te hace picar por muchos lados y caminos distintos y si bien puedes terminar haciendo “de todo un poco”, igual no te conviertes en maestro de nada. El camino a la maestría no puede tener muchos desvíos y menos atajos. ¿Mejor o peor ser de una manera u otra? Eso ya es una decisión muy personal. No obstante, el legado que dejan en el país personas como el profesor Sklioutovski debería tener más divulgación y menos anonimato, para convencernos que la genialidad no es una cuestión de geografías, economías o suerte, y sí algo que se alcanza con la práctica constante, ininterrumpida y apasionada de lo que nos sintamos llamados a hacer en esta vida.

 

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Nuestra insoportable levedad del ser

Apr 16 2012 Published by under 2012, Costa Rica, opinion, Sociedad

Yo fuí uno de los que, movido por los anuncios de que muchos hacían eco en Facebook y por la convicción propia de que este país o cambia o cambia, se apersonó a la convocatoria de la Denuncia Colectiva Nacional, éste domingo en la Plaza de la Cultura.

Uno pensaría que, en vista de la gravedad de los escándalos nacionales destapados por la prensa nacional en los últimos días, el nivel de indignación y de convicción para apoyar un movimiento nacional que abogue por un cambio y un saneamiento urgentes en nuestro sistema político tendría a su haber miles de adeptos conscientes.

En contraste, éste fue el promedio de asistencia que hubo en el evento:

Incluso un payaso callejero que actuaba detrás llegó a ratos a tener mayor poder de convocatoria que esta manifestación, donde se discutieron temas serios y de prioridad para el país.

Es entonces cuando uno se pregunta: ¿Dónde están los miles que se quejan del Gobierno en Facebook? ¿Los que, en sus palabras, si les dieran a ellos el gobierno lo arreglarían todo en dos monazos? ¿Dónde están los que dicen no dejar títere con cabeza en el Congreso, los que convocan a golpes de Estado como si de un juego se tratara?

Uno entiende que muchos pueden tener mejores planes para un domingo que ir a llevar sol a San José. Pero señores, tenemos entre manos un Gobierno que ya tocó fondo. Un país que va dando tumbos como una gallina decapitada. Y un conjunto de crisis agudas que nos puede terminar de arrebatar lo poco de bueno que nos queda.

Mi teoría es que para la mayoría de los ticos, mientras tengan trabajo, techo y les alcance hasta para ahorrar un poco y darse uno que otro gustillo, todo está “pura vida” y aquí no pasó nada. El periódico publica el escándalo del día y se sueltan a alegar y mentarle la madre a la Presidenta, pero una vez pasados los tres días de rigor, la amnesia colectiva toma su lugar correspondiente y juega de nuevo.

A la vez, preferimos ignorar de qué depende que haya trabajo, estabilidad social y prosperidad en el país, que son los valores que nos salvan de convertirnos en otra Somalia: Depende de un Estado ejemplar, que sepa administrar de manera responsable y transparente los recursos que recibe, y que eduque al pueblo con el ejemplo que dan sus representantes. Ninguna de estas cosas está ocurriendo hoy en el Estado costarricense. ¿Por qué esperar a que todo el tinglado se empiece a caer para reaccionar? Para entonces, ya será muy tarde para lamentarse.

Hemos vivido las últimas tres décadas como nación en un declive muy fino pero constante, casi imperceptible en el día a día pero muy evidente en el largo plazo, como un avión que emprende el descenso a tierra. Y hoy día estamos comenzando a cosechar las consecuencias de ese laissez faire al que nos hemos abandonado.

No se puede seguir así. No si queremos que los niños de hoy tengan un país de qué sentirse orgullosos. No si queremos un país estable y próspero capaz de otorgar calidad de vida a sus ciudadanos. No si deseamos que los jóvenes tengan derecho a tener trabajo y vivienda con la cual poder realizarse como hombres y mujeres hechos y derechos. No si queremos movilizarnos por donde queramos sin miedo. No si ya estamos hartos de convertir nuestras casas en cárceles mientras los malhechores campean a sus anchas. Y sobre todo, no se puede seguir así mientras no caigamos en total consciencia que una persona corrupta que roba del Estado es alguien que nos está robando a todos y cada uno de nosotros.

Si el futuro de esta nación no nos importa a nosotros mismos, sus ciudadanos, ¿a quién más le va a importar?

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Cómo se vio “El Fin”

Mar 12 2012 Published by under 2012, cine, Costa Rica

Otra costumbre que pareciera estar tomando fuerza en este blog (además de excusa perfecta para resucitarlo de tiempo en tiempo) es la de dedicar un post de reseña a películas de índole nacional. Lo hice en su momento con Gestación, de Esteban Ramirez y con El Regreso, de Hernán Jiménez. Preservando ésta continuidad, ahora el turno le toca a El Fin, de Miguel Gómez.

Antes de entrar en materia, una anécdota: A Miguel lo conocí a finales del 2007 en Los Angeles, California, donde coincidimos yo por razones de trabajo, y él por estar allí estudiando cine. En ese entonces estaba trabajando en los detalles de lo que sería su primer largometraje, El Cielo Rojo, que fue recibido positivamente como ópera prima. Como la vida es a veces irónica, no fui al cine a ver ésta película ni la que le siguió, El Sanatorio, así que era hora de corregir esta deuda y ver con carácter analítico ésta última película suya.

En lo que conversamos aquella noche al pie de las cuatro glorificadas cuadras que la gente llama Hollywood, me dí cuenta que Miguel, a diferencia de otros realizadores fílmicos nacionales, le apuesta más a la irreverencia, al humor mórbido y a una actitud punk en sus películas, estilísticamente más cerca de Tarantino que de Coppola, por ponerlo de algún modo. Y eso se nota por todas partes en El Fin. La película, a modo de una road movie, nos muestra a dos muchachos que, ante el evidente caos y señales que se ven por todas partes y que anuncian el fin del mundo para ese día, deciden dejarlo todo y darse el último viaje a donde han sido felices —en este caso, a Playa Sámara, Guanacaste— para recibir allí el atardecer del desenlace. Sin embargo, en el camino enfrentan multitud de situaciones a tono con lo bizarro de vivir el último día en la Tierra, como la de rejuntar a regañadientes al papá de uno de ellos, visitar al amor platónico del otro, rescatar una muchacha embarazada de su novio en la calle y terminar de rehenes en un penal, entre otras. ¿Podrán, con todo eso, llegar a cumplir su meta?

Desde el principio queda evidente que estamos ante una comedia que intenta tener tintes dramáticos, pero que al final nos deja la impresión de un rejuntado atropellado de un millón de cosas dispares que fallan en la unión por continuidad. Y esto es una falla recurrente en lo que llevamos de cine nacional reciente. Se quiere incluir la Biblia entera, del Génesis al Apocalipsis y con bonus tracks si se puede, en un espacio de 90 minutos o casi 2 horas y al final no sabe uno si quedamos en el Antiguo Testamento, en el Nuevo o en medio de ambos, máxime cuando se salta en el tiempo para atrás y adelante con frecuencia maniática intentando dar explicaciones que no se necesitan y, en contraste, con períodos de emoción similar a ver la pintura de una pared secarse.

El evidente desencaje del guión queda redimido en parte por la actitud y puesta en escena de Kurt Dyer, viejo conocido en ciertos círculos nacionales por su predisposición a la humorada y la irreverencia, y por Alvaro Marenco en el papel del terco y viejo semental-padre de éste, pero no es suficiente para mantener a flote el barco que hace aguas a vista y paciencia de todos. Aún estoy tratando de entender qué se supone que simboliza, por ejemplo, el asteroide volador que aparece dos veces en escena como elemento principal, efecto para mí además totalmente chafa y superfluo, la verdad.

Realmente no esperaba pronunciarme en forma tan crítica sobre esta película porque debo admitir que hubo más de un momento donde me reí bastante, pero una película ideal no se crea de unos cuántos momentos desconectados y distantes, sino de un tema principal y varios subtemas que se desarrollan y se complementan entre sí al unísono. Estoy seguro que una crítica así le es más útil al director que un apoyo ciego al cine nacional sólo por el hecho de serlo. No podemos madurar culturalmente como sociedad si nos quedamos en un nivel adolescente de complacencia y aplauso fácil. Además, ya que nos ha quedado clara la línea de cine que busca crear Miguel Gómez, es de esperar que siga buscando en su trayectoria fílmica maneras más depuradas y pulidas de contar las historias que nos quiere contar.

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