Archive for the 'Ocurrencias' category

Götterdämmerung

Jul 26 2014 Published by under Ocurrencias

Jorge Luis Pinto

Se me ocurre que un foráneo que haya seguido nuestro periplo mundialista de Brasil nos califique, ante la intempesitiva renuncia del técnico-estrella Jorge Luis Pinto y el culebrón que siguió después, de país terriblemente bipolar. ¿Cómo puede alguien pasar de ser el gran héroe nacional del momento a ser el más absoluto de los villanos de la película prácticamente de inmediato y sin escalas?

La respuesta a ello es tan fácil como la de armar en una conferencia de prensa una pataleta de padre y señor mío, basureando nombres y apellidos aquí y allá y prácticamente borrando con el codo lo que se hizo con la mano. Y ahora gracias a la de San Quintín que se armó, todos los que estuvieron en la Sele y con Pinto se sintieron sin mordaza para confesar una y mil atrocidades que el otrora celebrado entrenador cometió en su puesto, valga decirlo, quizás el oficio mejor pagado del país.

De inmediato y como era de esperar, la maquinaria memética e idiotizante que hace de combustible en las redes sociales se puso en marcha, crucificando al presidente de la Fedefútbol, Eduardo Li, y al ex jugador Pablo César Wanchope, a quien Pinto eligió como pararrayos de toda la tormenta escatológica que lanzó. La masa, que vió en Pinto al Gran Salvador Milagroso de la Selección Nacional, no quiso oír razones y se unió al colombiano en la amplificación de la condena inquisitoria contra los “traidores” de la gloria patria. Poco importaba en ese avispero que el verdadero ‘traidor’ estuviera poniendo pies en polvorosa hacia, supongo, ofertas foráneas más lucrativas y menos complicadas emocionalmente.

La olla de presión

Tengo varias teorías al respecto: Una, la de que como país pequeñito, subdesarrollado y tercermundista estamos tan poco acostumbrados a obtener victorias de calibre mundial que, cuando alguna sucede y es además del interés de la masa —en términos prácticos, cuando algo acontece en el fútbol; otras disciplinas y oficios no cuentan— nos parece poco menos que un milagro divino y por eso nos tiramos de panza a gritar a la Fuente de la Hispanidad. Le endilgamos al fútbol cualidades casi mágicas, tanto así que a veces me pregunto si en vez de una Asamblea Legislativa no nos convendría mejor resolver todos los asuntos del país a punta de partidos.

Además, la opinión pública del Pinto incident también deja ver el enfoque terriblemente infantil con que la masa concibe al balompié. Se ha dicho de los jugadores, ante el ahora conocido estilo autoritario-déspota del ex entrenador, que “no aguantan nada”, que “son unos suaves” y así. A ver. Sí es cierto que nuestra idiosincrasia tica encuentra chocante el trato cortante, seco y directo de un poder autoritario como se estila en otras latitudes. Puede ser por nuestra ausencia de ejército, por nuestra tradición de país pacífico, quién sabe. También es cierto que conceptos como “eficiencia” y “pragmatismo” no son exactamente parte de nuestro vocablo autóctono. Nos puede más la latinidad y todo lo que eso implica.

Sin embargo, acá no se trata de cómo lo veamos y sintamos usted o yo, sino cómo lo vieron los once muchachos que sí jugaron en nombre de nuestro país y se dejaron el pellejo en las canchas de Brasil. Keylor Navas, Bryan Ruiz, Christian Gamboa. Casi todos, jóvenes profesionales serios con larga y probada experiencia en clubes europeos, curados ya hace rato de nuestra cultura del pobrecito y del nadadito de perro. No es concebible que en aras del profesionalismo y las demandas de sus clubes sean sujetos de vida fácil, licenciosa y de juerga. Imposible. ¿Iban acaso a arrugarse por las prepotencias caprichosas de un entrenador? En absoluto. Pero también sucede que —como usted y yo, también— no son de palo. Y no era solo con ellos la cosa. Que lo diga su colega de más de veinte años, el psicólogo Jaime Perozzo, quien terminó igual por no guardarse nada.

Detrás de la euforia delirante y la borrachera de alegres triunfos que nos impartía el once tricolor desde el país del bossa nova, se ocultaba una problemática dolorosa y pestilente que como bolsa que no aguanta más su peso terminó por romperse y de la manera menos elegante posible. Si bien nadie en la Fedefútbol ni el cuerpo técnico de la Sele iba a negar las diferencias con Pinto y ya la renuncia estaba negociada a puertas cerradas, el plan era el de dejar los trapos sucios fuera del dominio público. Pero el primero en violar ese pacto fue el mismo Jorge Luis, haciendo un Luis XV cuando éste dijo “después de mí, el diluvio”. No le importó hacer las de las vacas, para los entendidos. Pudo más en él la megalomanía autoritaria y arrogante que hasta este viernes era el gran secreto detrás de su persona y del equipo que lo acompañó, “sosteniendo la burra” hasta el final, para no hacer aún más caótico el zambrote.

Life after Pinto

Y ahora en el momento de escribir esto el sentimiento país —a qué negarlo— es el de la proverbial gallina sin cabeza que va dando tumbos sin sentido por todas partes. Quizás nos haría bien a nuestra autoestima colectiva ver como país más allá del fútbol. Quizás nos haría mejor no caer en persignarse delante de santos que cagan (Esteban Mata dixit). Quizás deberíamos aprender la lección de cómo no salir tirando de un patadón la puerta. De que el ser un gran especialista técnico no necesariamente es sinónimo de ser una gran persona (aunque sí es algo muy deseable) y de superar de una vez ese concepto colonial y subdesarrollado de que autoritarismo es igual a liderazgo, ese sentirse dios-jefe por encima del bien y del mal… para al final terminar a la vuelta del tiempo con los pies de barro lavados por la lluvia.

 

 

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El efecto Sofía

Nov 07 2013 Published by under Ocurrencias

Magritte: Las afinidades electivas
Quiso la casualidad que me tocara leer esto fuera y bien lejos de mi país. Una joven —real o imaginaria, no se sabe— llamada Sofía le asesta a través de la psicóloga que firma el texto en cuestión un golpe de knockout y de impacto total al imaginario nacionalista más feliz del mundo. Para muestra, unas líneas.

Entendí tanto cuando Sofía, llorando, me decía:

“Tengo derecho de vivir en un país sin sentir miedo todo el tiempo; tengo derecho de vivir en un país donde no me tenga que andar cuidando siempre de un asalto; tengo derecho de pasar horas en un parque con mi computadora sabiendo que nada me va a pasar; tengo derecho de andar en bus o taxi a cualquier hora de la noche sabiendo que voy a llegar segura a mi casa… Quiero caminar por las calles, quiero seguirme perdiendo sin encontrar la dirección que estoy buscando y saber que nadie me va a matar, o asaltar, o violar o secuestrar…

Sobra decir que ardió Troya. Ríos sin fin de bits y bytes se enfilaron en blogs y redes sociales contra la autora y la infortunada joven que —es obvio— no quiere nada que ver con nuestro vergel bello de aromas y flores. Para Sofía, Costa Rica ya se fue bien a la mierda y hace rato. Sólo queda emigrar. ¿Reacción justificada o exagerada?

Para alguien que ha agarrado últimamente los petates para perderse por varias partes del mundo por interés de conocerlo como yo, es imposible no sentirme aludido. Más bien, con cada viaje he llegado a apreciar más las cosas que hacen de mi país algo realmente único en el mundo; su naturaleza, su tono de verde único, su don de gentes y sus tortillas de maíz.

Pero a la vez me he hecho más consciente de todas las cosas que nos son negativas y que nos están arrebatando poco a poco —o mucho a mucho— todo lo bueno que tenemos; el culto a la mediocridad, la inseguridad rampante, la corrupción, la paranoia colectiva, el apartheid económico, el porta mí, y la inutilidad completa del gobierno para resolver nuestros problemas-país.

Sé muy bien lo que siente Sofía. Lo siento cuando regreso al país y después de volverme a sentir en casa, comerme un buen gallo pinto y tomarme un café, a los días vuelvo a tomar conciencia de la realidad que me rodea y de nuevo me dan ganas de salir corriendo. Lo confieso y lo pongo acá en aras de la transparencia. Sé que no me ganaré jamás una medalla de honor al patriotismo. Estoy dispuesto a recibir los si-no-le-gusta-por-qué-no-se-va-hijuetal (Al momento de escribir esto, ya me fuí para Suramérica, muchas gracias). Así como igual creo que eso de “morir por la patria” (la que sea) es una estupidez. A veces pienso que los países son un invento que no ha servido más que para jodernos la vida a todos. ¿Las culturas de cada región? Pues ya eso es otro cantar y un fenómeno natural y humano, que no necesita de fronteras para existir.

Pero bueno… ¿han visto lo que le pasa a una casa que deja de recibir mantenimiento por varios años? Poco a poco, las inclemencias del tiempo que no se detiene ante nada ni nadie van haciendo estragos en las paredes, el techo, las maderas, y así progresivamente van apareciendo goteras, rajaduras y vidrios quebrados que van deteriorando lo que antaño era un lugar maravilloso. Pues bien, Costa Rica es esa casa. Y aunque sigamos viviendo en ella hemos terminado por creer que estarnos capeando las goteras, lidiar con cañerías tapadas y un piso lleno de suciedad es lo normal, lo aceptable. Pero ya se nos han empezado a caer las láminas del techo, y aún así seguimos impávidos, sin saber qué hacer.

¿Que si hay países que están haciéndolo casi todo mejor que nosotros? Sí, los hay. Las comparaciones son tediosas, pero podría contarles cómo cuando estuve hace un año en Islandia me sorprendió la independencia que tienen ahí los niños desde edades muy tempranas. Van a donde sea sin acompañantes adultos. Y pueden hacerlo, porque no tienen por qué tener miedo. Las razones que nosotros esgrimimos para ello ahí no existen. Y aunque en el resto de Europa hayan carteristas y ladrones, la psicosis de la inseguridad no llega a los extremos a que estamos acostumbrados. Uno siente la diferencia cuando ves la tele o lees el periódico en algún lugar y las noticias principales no tienen que ver con chorros de sangre, asaltos o robos a casas.

Por otro lado, en Brasil —donde me encuentro ahora— veo y percibo la misma problemática socioeconómica, si no es que más aguda, que en Costa Rica. El país que hoy está en la mira de todos por el Mundial de fútbol tiene ante sí el gran reto de la imagen que va a ofrecerle a los más de 600.000 turistas que vendrán el año próximo por la Copa. En los parques —muy bonitos, por cierto— de la ciudad en que estoy hay Wifi gratis. ¿Pero ustedes creerían que voy a sacar mi laptop en medio parque viendo cómo aún hay desigualdad, mendigos, pobreza, rejas, basura, alambres navaja y delincuencia por todas partes? Una cosa es ser optimista y otra es ser ingenuo. Aunque para ser justos, me parece que Brasil es un país que viene de vuelta del fondo hacia donde nosotros aún pareciéramos empeñados en dirigimos y sin frenos. Muchos de sus habitantes han logrado pasar en los últimos años de la miseria absoluta a ser al menos clase media baja, y eso considerando las dimensiones del país es un logro gigantesco.

Sin embargo, si algo positivo saco yo de esta experiencia por Suramérica es que ante nuestra obstinada costumbre de ver siempre el pasto del vecino más verde, darse cuenta que no siempre es así —pero sin caer en la vana complacencia del conformismo— me ha dado una visión más equilibrada del mundo y de comprender que si bien podríamos —y deberíamos— estar mejor, tampoco nuestro país es el lugar más inhospito, insalubre e insoluble del mundo. Nos urge derribar las barreras del individualismo egoísta y recuperar el sentido de comunidad, del esfuerzo conjunto, de reconocer que la prosperidad de nuestro país no depende de un presidente-superhéroe, sino de la contribución que hagamos todos nosotros con nuestras acciones, deberes y ética social.

Dice un refrán que si cada quien barriera el frente de su casa toda la acera estaría limpia. Un reto tan complejo como enderezar un país es imposible para una sola persona. Pero es justo ahí donde la unión y la conciencia común son necesarias y urgentes. Sentir que no se está solo empujando la carreta, dando el ejemplo, manteniendo a flote el pedazo de tierra que a uno lo vió nacer.

Mientras tanto procuro, aunque me cueste, ser cada vez más César y cada vez menos Antonio.

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¿Un año de emprendimiento sabático?

Feb 18 2011 Published by under 2011, Ocurrencias, opinion, Personales

Desde que me lo propuse hace unas semanas, este año perfila para mí ser uno de replanteos y toma de decisiones significativas. Estuve ayer revisando mis finanzas personales y caí en la cuenta de que tengo en ahorros ya lo suficiente para vivir sin hambre ni con temor que me corten el agua y la luz por al menos seis meses. Entonces me volvió a la mente la añeja e idílica idea con la que he fantaseado muchas veces: La de poder darme el lujo de no necesitar trabajar, al menos por un tiempo, y así poder recuperar energías, buscar un equilibrio en mi vida y sobre todo darle impulso a muchos proyectos que he ideado en los últimos tiempos y que se han quedado durmiendo el sueño de los justos, precisamente por tener que emplear de 10 a 12 horas diarias en un puesto de trabajo. El exitoso empresario Martín Varsavsky, quien ofreció una videoconferencia en el TEDx recién pasado, tiene por política tomarse un año sabático por cada cinco de trabajo, lo que me parece una forma sensata de darle balance a la vida.

Por mucho tiempo descarté esta idea como una fantasía imposible. Siempre hay cuentas, impuestos y servicios por pagar, y de sólo el aire no se vive tampoco; algo hay que comer. Sin embargo, hace unas semanas, con no poco desgano y mucho aplomo, tomé la decisión de liquidar de una vez la última de las deudas grandes que tenía colgando sobre mi cabeza como una espada de Damocles. Fue, debo decirlo, un momento liberador y empoderador. Y además me recordó que estoy, a mis veinte y diez y tantos, viviendo un momento muy particular, único y decisivo.

A mi edad, muchos de mis colegas ya están casados y tienen la responsabilidad de una pareja, una familia y una deuda inmensa e impagable en forma de una casa propia o un carro. Por diversas circunstancias de la vida, a mí no me ha tocado vivir eso. Entonces es obvio que me pregunte, a estas alturas del partido de la vida que fácilmente son mis 15 minutos entre el primer tiempo y el segundo: ¿Cuál es, entonces, mi verdadero propósito? ¿La aventura que realmente me toca vivir?

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