Lo que nos trajo El Regreso

Sep 20 2011 Published by under 2011, cine, Costa Rica

Hace unos meses hablábamos por acá de la apuesta que el cineasta tico Hernán Jiménez le hizo al destino, al recurrir al crowdfunding para terminar su segundo largometraje, El Regreso. Después de meses de expectativas y atrasos, por fin a inicios de setiembre se estrenó la película en los cines del país. Era la hora de la verdad.

¿Con qué nos encontramos en El Regreso? Con esa Costa Rica que no aparece en la publicidad del Instituto de Turismo. Con ese San José insufrible, repelente e invivible que tenemos, lleno de humo, ruido, fealdad edificada, vendedores ambulantes, carteristas y suciedad. Con manifestaciones de nuestro cuartomundismo mediocrizante como las filas de-a-sentado y los burócratas que hacen de todo menos el trabajo que deben. Pero más que nada nos encontramos con Antonio, joven que llega de visita al país a ver a su familia después de diez años en Nueva York, y quien tras un shock cultural de marca mayor  y una serie de desafortunados incidentes halla imposible devolverse inmediatamente, como deseara, de nuevo a esa ciudad. En el interín, debe enfrentarse a una hermana histérica y obstinada de la vida, un padre moribundo al que le reclama su indiferencia y un sobrino al que no conoce. Complementan la intrincada trama su mejor amigo-vuelto-cholometalero, César (¡El mejor actor de la película, sin duda!) y Sofía, la vecina de tiempos lejanos que reaparece en la vida de Antonio y aporta aún más complejidad y enredos a su estadía forzada.

La película logra revolcarnos a muchos los sentimientos encontrados que nos produce el país, pero a la vez nos muestra cómo, en palabras del padre de Antonio, “estamos atados a aquellos de los que más queremos huir”. Por más que pretendamos desligarnos de la familia, del barrio o de la mismísima Costa Rica, en el fondo estamos librando una batalla inútil con ello. Así, el período en que Antonio se queda “varado” en el país al perder su pasaporte, se convierte en un período progresivo de autoreflexión y aprendizaje. Aunque también hay que decir que Hernán Jiménez, como actor de personaje principal, es un buen cocinero. Hacer escenas dramáticas aún le queda grande como una camisa triple Extra Large. Hace falta mucho más que ser director y tener una cámara para actuar simultáneamente como actor al nivel de Woody Allen o Clint Eastwood.

Lo que realmente salva a El Regreso de naufragar es el gran soporte de las actuaciones del resto del elenco. Desde el lanzamiento del trailer me hice super fan de Inti, el sobrino personificado por el niño Andre Boxwill, y los perfiles fuertes, casi eclipsantes,  de la hermana Amanda (Bárbara Jiménez) y el mejor amigo César (Daniel Ross). César, con su look entre glam y metalero y su forma de hablar, aporta muchos momentos hilarantes en el filme, pero también el momento —para mí— más importante de la trama, donde para en seco y ubica al quejoso insufrible de Antonio con una dosis de reality check, que como dice Víctor, debería ser materia de educación secundaria.

A poco más de dos semanas de estrenado El Regreso, no menos de 12.000 personas —que para nuestro país no son poca cosa— han asistido a ver la película en las salas de cine. Estamos hablando de una propuesta nacional que, como muchas otras le han precedido, ha tenido que disputarse la taquilla con otros estrenos extranjeros y de mucho más presupuesto. Me gustaría pensar que finalmente vamos evolucionando de pensar que hay que apoyar a una película sólo por el hecho de ser nacional, a apoyarla porque realmente tiene mérito de ser apoyada. El Regreso tiene ese mérito. Los que puedan, vayan a verla.

Bonus track: Una crítica analítica a la película del Semanario Universidad que pone más en detalle esas cosas de Costa Rica que nos provocan a más de uno sentimientos encontrados, y cómo aparecen en el filme.

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A propósito del Colegio de Diseñadores y los gremios audiovisuales

Sep 01 2011 Published by under 2011, Costa Rica, diseño

Cuando yo estaba por terminar el colegio secundario, una de mis fantasías era poder estudiar animación 2D como una carrera. Algunos años atrás había comenzado a tener interés y pasión por el dibujo, y siempre soñé con ser como esos que dibujaban para las películas de Disney u otros estudios parecidos. Mandé cartas a universidades del extranjero que contactaba a través del Centro Cultural Costarricense Norteamericano, en esos tiempos sin Internet. Recibí muchos folletos y formularios maravillosos. Lo que no era maravilloso era el costo anual, imposible de cubrir para mí, y sin opciones de beca tuve que tomar decisiones más prácticas, como procurar ingresar a la UCR y a la Facultad de Bellas Artes. Que era en esos tiempos la única opción viable en el país para alguien que quisiera estudiar diseño, como yo.

Mientras intentaba sacar un título de Artes Gráficas en esa institución, llegó Internet y me transformó por completo la vida. Tanto así que, aunque logré terminar el bachillerato y graduarme a pesar de infinitas veces de querer dejar todo tirado, nunca ejercí realmente la profesión. Mi experiencia en publicidad y diseño tradicional fue más bien poca, y lo que empezó por una cuestión de fiebre de computín (hacer diseño web) me fue llevando por muchos trabajos y experiencias hasta llegar a trabajar con multinacionales de renombre y a trasladar mi enfoque a la Arquitectura de Información. No recuerdo un sólo trabajo en donde el ser titulado (a pesar de que se ve bien en un curriculum) haya tenido más peso en mi contratación que la experiencia y trabajos previos que realicé en el campo.

Escribo esta pequeña anécdota a propósito de varios eventos que están desatando un polvorín en los gremios profesionales del diseño gráfico, la animación y la ilustración nacionales (¡Estamos progresando! Hace 20 años hablar de profesionales de animación en Costa Rica era impensable!).
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La Costa Rica de antaño: ¿El paraíso perdido?

Feb 28 2011 Published by under 2011, Costa Rica, opinion

Todos hemos oído en algún momento la frase “Todo tiempo pasado fue mejor”: un dicho demasiado popular que, alimentado por el tamiz que va esparciendo el paso del tiempo sobre los recuerdos, va dejando las tribulaciones y miserias en el olvido y los acontecimientos idílicos o positivos en la memoria. Hace algún tiempo han comenzado a aflorar en Internet fotos y videos que nos muestran una Costa Rica que, a juzgar por lo que vemos, era poco menos que el paraíso en la Tierra. Comencemos, por ejemplo, con esta vista del Paseo Colón hacia el oeste:

Según quienes han publicado la foto, la misma se tomó en el año de 1960. Aunque a juzgar por los modelos de autos y porque el Hospital Nacional de Niños —a la izquierda— no fue inaugurado sino hasta 1964, con mucho más certeza es de una fecha posterior, aunque no por mucho. En todo caso, un contraste total con el aspecto de esa misma zona en la actualidad, más propia de Los Angeles en decadencia de Blade Runner que de una ciudad digna de ostentar el mote legendario de Tacita de Plata.

Aproximadamente de la misma época, una foto del legendario Cine Rex, tomada desde los jardines de la Catedral Metropolitana.

Cine Rex, San José, Costa Rica, ca. 1960

Yo recuerdo haber visto, de niño, varias películas de Disney en este cine. Era una época en la que el cine, más que un objeto de consumo en la misma categoría de la comida rápida, era toda una experiencia suprema de entretenimiento. Diagonal pasando el Parque, el cine Palace era aún más ostentoso. Ineludible detalle, además, la de los autos parqueados en la calle del parque y las bicicletas en la ciudad. También hay que notar que era una época en la que muy pocos aún podían comprar un automóvil. A veces quisiera uno, cuando ve estas escenas, que los autos siguieran siendo un lujo.

Sin embargo, aún más cautivantes son las imágenes en movimiento, y de esa manera fue descubierto en Internet un documental breve que de otro modo hubiera permanecido en el olvido: Calling in Costa Rica, de 1947, realizado por James Fitzpatrick, un trotamundos que realizó muchos filmes de este corte para la MGM.

El filme nos presenta una Costa Rica de ensueño, en donde los aviones despegaban y aterrizaban en La Sabana, unas calles con tráfico (y tranvía) más dignos de pueblito rural que de ciudad cosmopólita de setenta mil habitantes (!), las playas parecían ser aún desconocidas para propios y extraños, y en vez de ello observamos un Ojo de Agua muy diferente a lo que cualquiera de nosotros conoció. En este corto, las calles ticas se presentan como de entre las mejores del mundo (pueden reírse, por favor) y al menos un tercio del corto se centra en un homenaje -por así decirlo- a Mamita Yunai, al banano como bastión y motor principal de la economía nacional, que en ese tiempo de verdad lo era y mucho.

Lo que ese corto no menciona es que, tras ese cuadro idílico y feliz con el que nos caracteriza, la vida para la mayoría de los habitantes de la nación era dura, muy dura. Pocos niños iban con zapatos a la escuela. Igualmente sólo la gente rica podía pasear dentro (y fuera) del país, tener carro, seguro médico o cursar estudios de educación superior. Las opciones de entretenimiento eran escasas para la mayoría, y además, la Revolución del 48 estaba a un año de distancia. Hoy día hemos mejorado los índices de salud, longevidad, alfabetismo y educación enormemente en comparación a esos tiempos, y no hemos vuelto a tener conflictos bélicos ni ejército desde entonces. ¿Qué es, entonces, lo que extrañamos?

Sin duda alguna, la seguridad. La paz. El respeto a la vida humana. La sencillez y empatía colectiva de la sociedad de entonces .La igualdad relativa socioeconómica que nos hacía a todos, más o menos, “igualiticos”. Como bien lo nota el reportaje que 7 Días hizo después tomando el video anterior de referencia, la explosión demográfica que el país vivió desde la década de 1950, el crecimiento urbano  desordenado y caprichoso, la corrupción gubernamental y la creciente desigualdad social donde los ricos son cada vez más ricos y los pobres más pobres, disparó como una mecha el resentimiento social, la delincuencia y la violencia que hoy día nos asola, azota y desilusiona de la sociedad en que hoy vivimos.

Hay quien dice que hemos enfrentado un problema de escalabilidad, y el divorcio evidente que hubo entre las necesidades del desarrollo del país y su atendimiento por el Estado a partir de finales de la década de 1960 fue poco a poco resquebrajando el componente social que tanto nos caracterizó y dio identidad como gente “pura vida”. Aún hoy nos denominamos como una sociedad “pura vida”, pero donde ese dicho termina sabiendo un poco a hipocresía y a una imagen de tiempos idos que al final ni nosotros mismos nos creemos y que ha degenerado en un simple slogan para vender la imagen de una “Disneylandia verde” a turistas extranjeros.

En suma, que ya sabemos lo que estaba mejor antes y lo que está ahora. ¿Podemos entonces comenzar a arreglar lo que no está bien? En el pasado hubo voluntad para crear cambios significativos y positivos para el país. ¿Qué es lo que nos hace falta ahora? ¿Dinero? ¿Voluntad? ¿Determinación? ¿Responsabilidad? ¿Dignidad? ¿Amor propio? Quizás un poco de todo eso. Entre todos tenemos que encontrar la respuesta, y actuar para recuperar, si no el paraíso perdido, un poco de ese país de la mente.

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